Hace unas semanas pensé en escribir una historia que se llame "hilos de plata de Lima a Buenos Aires" o algo así. Aún con las neuronas esbozando ese relato, hoy le sucedió algo inesperado a mi Buenos Aires, a ese que aprendí a querer diferente en pocas semanas, diferente porque he querido a Buenos Aires -por mi hasta hace poco usual día a día- y por tantos paisas allá por quienes tengo el privilegio de trabajar.
Dejando esto último de lado, junto a la prosa que pensaba hacer, hoy siento una empatía tremenda contigo Buenos Aires, y ¡no puedo ignorarla! llegó en forma de presión en el pecho, presión que no me dejó dormir la ansiada siesta post examen.
Querido Buenos Aires de enero, no quiero llenar tus oídos con idioteces como "pa' delante" o "por algo pasan las cosas" a pesar que pueden ser ciertas. Estoy segura que en este momento son las últimas frases que quieres escuchar, y calma... yo mejor que nadie entiendo que existe el derecho al aislamiento para el lamento y enojo... sin embargo, ten presente, cuando ya te encuentres mejor, que estaré para escucharte y acompañarte si tú lo pides, o si tan solo lo necesitas... como dijiste alguna vez: ya está! no hay otra forma...te volviste importante, así sin querer...
Son pocos aquellos los que cruzan caminos y merecen cuídarles el rastro, tú eres de ellos.
Cuenta conmigo, la bronca pasará, también lo siento,
Lima.





1 Comentarios:
Ya llovió desde aquel chaparrón hasta hoy... Buenos Aires de enero ve las hojas que se deslizan sin ser octubre; el calor presiona y la sed hace palpitar las pasiones contenidas; los caminos se bifurcan, algunos se yuxtaponen como en enero, si quererlo ni buscarlo; el verano sofoca a veces, o tal vez convoca a una nueva realidad incompatible con la deidad magnificada en años de apatía; noches de soledad que buscan un rosto o recuerdan un lunar prendido en una cornisa inesperada, irrespetuosa, allí en donde el más diestro alpinista no llegaría sin haber presentando sus credenciales; cornisa de enero en un espacio rectangular con sillas vacías, estrellada entre la mirada impaciente y la pizarra blanca que existe pero que no se ve.
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